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Programa y Partido: El FA en las elecciones departamentales

 

  En esta columna queremos destacar un gran avance que ha tenido el Frente Amplio en esta arena de competencia electoral que son las elecciones departamentales y municipales,  es la existencia de un programa departamental común.

 

 En efecto, hoy, todos los departamentos tienen un programa departamental, compartido por todos los candidatos. Además de darle un marco común a las candidaturas múltiples,  la idea de un programa departamental común con sus énfasis sus diagnósticos, la existencia de una estrategia general del FA que se plasma en cada territorio, ayudan mucho en una elección donde lo territorial y lo personal, opacan la verdadera disputa ideológica que se vive en cada territorio. Al FA lo diferencia la existencia de un programa común, de un conjunto de ideas. Y esta lógica tiene que estar presente también en lo departamental, y la disputa ideológica tiene que hacerse valer en el territorio. Muchas veces el FA quedamos rehén de una lógica en que “más vale malo conocido que bueno por conocer”, y tienen menos chance de que sus candidatos sean conocidos o queda rehén de las imágenes construidas con poder y dinero, y por unos medios de comunicación en general dependientes del poder político local. En estos caso, el programa importa, y mucho. Y el FA tiene “marcas” ideológicas presentes en todos los programas departamentales, que lo diferencian enormemente del resto de los partidos. Examinemos algunas de ellas.

 

 Entre las marcas características de los programas departamentales de la izquierda se cuenta en primer lugar la preocupación por la descentralización, la preocupación por la construcción de poder popular desde  la base, vulgarmente; la descentralización es la profundización de la desconcentración de funciones y tareas para darle al territorio poder propio, convertirlo en un centro activo tomador de decisiones, en un país donde “todo viene desde la capital”. Pero esa descentralización tiene que desafiar la lógica imperante en dos movimientos simultáneos: al mismo tiempo que le damos poder a lo local, a las comunidades, a los pueblos, pero al mismo tiempo, tenemos que propender a unidades regionales mayores que los departamentos, donde la lógica de lo productivo, de los servicios y de la logística permitan economías a escala. Desarrollar lo local y desarrollar lo regional permitirá superar la lógica puramente administrativista de los departamentos.

 

La preocupación por la descentralización está en el código genético de una izquierda cuando tuvo su primer gobierno departamental Montevideo creó los presupuestos participativos creo los centros comunales zonales, creo los consejos vecinales, y aprendió, a lo largo de diez años de gestión departamental en el territorio más difícil –la capital del país- los límites y desafíos de desconcentrar poder en un país macrocefálico y donde el protagonismo de “lo social” estuvo siempre hegemonizado por los partidos políticos.

 

Después de quince años de proceso de descentralización en Montevideo, el FA obtuvo el gobierno nacional e impulsó la ley de descentralización: creando municipios, creando tercer nivel de gobierno, creando nuevos actores y nuevos territorios. Y luego comenzó la descentralización de ASSE, la regionalización de la salud. Y la Universidad comenzó la descentralización de la educación terciaria en el territorio.

Todo eso creó el FA, en poco más de veinte años. Sí, todos pueden hablar sobre descentralización; pero la iniciativa le corresponde al FA. Con sus dudas, con sus aciertos y errores, la desconcentración de poder y la descentralización de decisiones y procesos, es parte de su código genético y de su marca de identidad. Hay que ceder poder del centro a la periferia, dice el FA, todo el tiempo.

 

La segunda marca de los gobiernos departamentales de la izquierda es el cuidado con el Estado y con lo público. Allí donde se asienta un gobierno del FA, comienza a “ordenar la casa”: instaurar los llamados a concurso y abandonar la práctica clientelista que ha sido endémica en el sistema de partidos uruguayo, a revisar licitaciones y contratos para que se ajusten a las normas que priman en el resto del estado; y a crear una burocracia eficiente, sólida, ajustada a derecho, y comprometida con su función. Sí, eso ha hecho el FA en todos los niveles de gobierno que ha llegado. Y ha sido la forma en que se comienza a superar la vieja política de clientelas, el nepotismo, el tráfico de influencias, y se empieza a practicar en serio eso de “todos iguales ante la ley”, y “todos iguales ante el Estado”.

Y por eso la izquierda gestiona mejor que la derecha. Gestiona mejor entre otras cosas porque cree más en el Estado, porque confía más en la gente, porque cree más en los funcionarios públicos y porque viene, como viene toda la izquierda, del seno de la clase trabajadora.

 

En tercer lugar, los gobiernos departamentales del FA han sido innovadores respecto del ABC de la comuna (alumbrado, basura y cordón-cuneta). No es que no haya que ocuparse del alumbrado, basura y cordón cuneta, pero hay que tener una perspectiva màs amplia. También importan las políticas sociales, también importa la articulación de todas las políticas con el gobierno nacional, de las políticas de salud, de las políticas de educación, también hay que tener presente que el desarrollo de la cultura se hace en un territorio, y que un buen gobierno departamental tiene que ayudar a que todas las expresiones artísticas florezcan con el apoyo de una buena política pública, con el apoyo del Estado. Pensemos cómo los Centros MEC están hoy en todo el territorio, y ahí tenemos una muestra de la preocupación del FA con la cultura fructifica.

 

Esta jerarquización de los gobiernos departamentales a través de la creación de nuevas áreas de competencia, se realiza hoy en articulación con un gobierno nacional que ha estado en cooperación permanente con los gobiernos departamentales. Aún recuerdo los primeros gobiernos departamentales del Frente Amplio. Los gobiernos nacionales no sólo no lo ayudaban, sino que en muchos casos, como en el del saneamiento, una inversión multimillonaria, dejaron de darle su contraparte para hacer que el gobierno de Montevideo se estrangulara con su sólo presupuesto para hacer frente a eso. Claro que el gobierno de Montevideo salió adelante, pero la falta de cooperación del gobierno colorado, muestra una lógica política dañina, competitiva, erosionadora de lo público, e injusta con los habitantes.

Los gobiernos nacionales del FA, desde su inicio, no solamente han sido incapaces de boicotear gobiernos departamentales en manos de sus adversarios,  sino que han colaborado entusiastamente con ellos. A veces, hasta con la recriminación de los propios frenteamplistas. Pero esto habla bien del Frente Amplio, y de su idea-país.

 

 Pero también es claro que una victoria del FA favorecerá esos territorios, porque la articulación será mejor con el gobierno nacional, y porque una estrategia común entre el departamento y el gobierno nacional al que más beneficia, es al departamento. Y el éxito económico en la gestión de departamentos que el FA heredó prácticamente “fundidos” (pensemos en Rocha, pensemos en Canelones) y recuperó económicamente en pocos años, nos lleva a reflexionar profundamente sobre las virtudes del FA como “gestionador” del territorio. Sólo los prejuicios, la mala prensa, y la dificultad para superar viejas herencias, puede oscurecer esta verdad tan simple.

 

Como Casa Grande, como espacio político en permanente formación, apoyamos estos tres principios programáticas del FA en todo el territorio: la descentralización y la desconcentración de poder, funciones, bienes y servicios como meta, la ampliación del gobierno departamental a funciones que trasciendan el viejo ABC, y la búsqueda de la transparencia, la honestidad y la corrección administrativa en el uso de los recursos públicos. Son tres principios, son tres metas, son tres “marcas” con que el FA enfrenta esta elección departamental, y nosotros, como Casa Grande, apoyamos fervorosamente estos principios.

 

 

 

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